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miércoles, 25 de diciembre de 2019

El burro que nunca fue mío (un cuento navideño)

Fuente de la imagen: Freepick

Salí corriendo de la cafetería como si me persiguiera un toro. Desde la esquina al final de Sabana Grande vi al autobús en la parada al otro lado de la calle. La crucé esquivando los coches. Grité a todo pulmón para que no arrancara, pero allí quedé plantado, mirando como el autobús se iba en dirección a la Plaza Venezuela. Vaya mala suerte, me dije. Una voz infantil me sacó del letargo momentáneo, ese que se siente cuando perdemos algo:
—Señor, una arepa a cambio de este burro.
Giro y en efecto allí estaba un burro atado con un cordel que sujetaba un niño no más alto que la grupa del animal.
—¿De dónde sacaste ese burro?
—Eso no le importa. ¿Lo quiere o no?
—Y qué haré con un burro.
—Eso es problema suyo.
—¿Por una arepa?
—O dos, o tres. Lo que usted pueda.
Miré al burro, miré al niño, los dos igual de famélicos.
—¿Este burro es tuyo?
—Sí. Ahora sí.
—¿Y antes?
—No sé.
—¿Lo robaste?
—¡No!
—¿Entonces?
—Lo rescaté. Estaba parado en medio de la calle, en la avenida Casanova. Lo llamé: ¡Eh, burro, ven acá! Lo volví a llamar y nada. ¡Burro es burro ¿sabe? Entonces saqué el peazo de pan con mortadela que me dio mi amá ayer. Se lo mostré y ahí sí vino.
—¡Salvaste al burro! Llévatelo a casa. Es tuyo —le dije.
—¿Pa’qué?
Pa’ cuidarlo.
—¿Con qué? Si amá me mandó a pedir comida para mis hermanitos.
Volví a mirar al burro y luego al crío. La desnudez de sus pies tintados de hollín, una camiseta que no conocía detergente y agua desde hace tiempo y unos pantaloncitos que recordaban a un colador me contaron su historia personal.
—¿Lo quiere o no? —insistió.
Media hora después iba yo montado en mi burrito sabanero (así le llamé porque me lo entregó en Sabana Grande frente a una tienda de víveres). Con lo que me pagaron lavando platos en la cafetería compré un kilo de harina de maíz, mortadela y margarina para el crío y unas zanahorias para el burro. No me pregunten por qué zanahorias, lo que sí es que estaban de oferta y blanditas. No fue fácil convencer al burro para que yo me montara en él. Con mis escasos quince años qué iba a saber cómo tratar a un burro. Empezó a dar coces y a rebuznar como loco. Lo acaricié, nada. Le hablé, nada. Le puse una zanahoria en frente de las narices y casi me come la mano. Aaaah, le dije, lo que quieres es comer.
Todo fue bien hasta que el burrito se empecinó en devolverse. Yo quería ir hacia el oeste y él hacia el este. Me bajé del burro y traté de arrearlo hacia San Bernardino. Saqué una zanahoria, se la comió. Saqué otra e hizo más de lo mismo, pero no hubo manera de colocarlo con la cola hacia el este. El atardecer amenazaba con una pronta oscuridad. Pensé en dejarlo en el Parque Los Caobos, cosa que hice y comenzó a rebuznar de nuevo cuando había caminado yo unos veinte pasos. Me detuve a ver si alguien se lo llevaba. Todos pasaron de largo mientras el muy condenado rebuznaba cada vez más alto.
Diez minutos más tarde me apiadé del bendito burrito. Anda, le dije montándome en él, a ver si en el camino encontramos otro tonto como yo. La cruz del Ávila brillaba diferente anoche. Las estrellas titilaban marcando el compás de alguna melodía que no reconocí. De todas las personas que nos cruzamos en el camino, nadie, pero nadie se fijó en esta estampa ridícula de mí montado en un borrico a esa hora de la noche en una Caracas desaliñada. Yo sonreía y ofrecía con un ademán al cuatro patas diciéndole ¿lo quieres? Fue inútil. El animal se encaminó hacia el norte, subiendo por Las Palmas. Llegamos a la Cota Mil y el empecinado me llevó por el hombrillo (arcén). Desde los coches, algunos me mostraban el acostumbrado dedo ofensivo, otros bajaban la ventana para gritarme cualquier barbaridad que me niego a repetir. Pude haberlo dejado allí en venganza, pero la sola idea de caminar por el hombrillo me daba repelús.
Antes de llegar a la altura de La Castellana un policía motorizado me alcanzó. Honestamente pensé que me iba a bajar de la mula. Dinerillo no me quedaba, solo un par de zanahorias en un bolsillo. Pero, si se llevaba al burro detenido…  
Para mi sorpresa, el policía me hizo señales de que lo siguiera y paró el tráfico para que el burro y yo cruzáramos la Cota Mil.
—¡Arrea ese burro! —gritó el policía— ¡que llegas tarde!
—¿A dónde?
—¡Vamos! ¡Bájate y tira de él! —Asunto que hice sin delación. Con la cara de pocos amigos que el uniformado tenía…
Cruzamos las cuatro vías de la Cota Mil y continuamos por el hombrillo en sentido contrario hasta que el policía se apeó de la moto e, impaciente, cruzó los brazos diciendo: sube por este sendero, no pares.
Y comencé a subir como un mameluco acordándome del fulano muchachito, de sus hermanitos, de su mamá… ¿Y si dejo aquí a este animal? Sin pensarlo dos veces solté el cordel y corrí cuesta abajo. Una avalancha de gente que subía me paró en seco. Un fogonazo en el cielo iluminó la montaña. En el cielo un cometa partía en dos la inmensa oscuridad. ¿Qué más me puede pasar?, pensé.
Miré hacia arriba, allí seguía el borrico, ahora rebuznando y dando coces por el susto. Miré hacia abajo: al frente de la avalancha venían tres guardias armados con fusiles:
—Agarra al burro antes de que se escape —me gritó uno de ellos.
Sujeté al condenado burro y marché cuesta arriba. La avalancha me superó a pocos metros. Iban cantando, alegres, casi fuera de sí. Hubo quienes acariciaron al burro, otros le ofrecieron flores para comer, hasta galletas y frutas y a este pobre diablo al que le dolían los pies, las piernas, el cuello, los brazos y pare usted de contar, solo fueron reclamos lo que le dieron.
De repente llegamos a una pequeña explanada.
—¡Suelta al burro! —gritó alguien a mi espalda.
¿Soltar al burro? Con gusto lo hubiera hecho de no ser que otro me arrancó el cordel de un manotazo.
—¡Ey, qué te has creído! ¡Ese burro es mío! —reclamé ofendido— ¡Ey, tú, es contigo!
Todos giraron la cabeza para mirarme feo, muy feo, mientras el cabrón del burro siguió andando, derechito hacia adelante, solo, solito el muy condenado, arrastrando el cordel y con rumbo fijo y no exagero si digo que aumentó la velocidad de sus pasos…¡el muy cabrón! Lo perseguí dando empujones y codazos para lograr alcanzarlo. La muchedumbre me impedía pasar mientras que se apartaban para abrir el camino al obcecado del burro. Estiré el cuello y lo vi subir por un pequeño sendero hacia una cueva ligeramente iluminada. El llanto de un bebé rompió el murmullo reinante. Un coro de voces acalló su llanto al son de un villancico, y otro, y otro más, mientras el burro, ¡mi burro! se acomodaba detrás de la mujer más hermosa que hayan visto mis ojos, una mulata de pelo azabache. Embelesado, caminé hasta el pie de la cueva, la miré cautivado por aquellos ojos dulces y risueños. El hombre que la acompañaba se agachó y bajito me dijo: gracias, compadre, por traerme al burro. Lo creí perdido. Jesús estará contigo a donde vayas, siempre.
Quise preguntarle quién era Jesús, pero el hombre se incorporó rápidamente para ofrecer su mano a una paloma blanca. Un murmullo general volvió a sobrevolar nuestras cabezas. Alguien comenzó a tocar un cuatro, le acompañó unas maracas y luego un furruco, un coro bajito comenzó a cantar “Corre caballito, vamos a Belén, a ver a María, y al Niño también…”
No vi al buey, vi al burro que no era mi burro y que nunca fue mi burro, vi a María, vi a José, y allí me quedé no sé cuánto tiempo en regocijo, alejado del día a día que me ha tocado vivir en mi país. Por unas horas, la alegría y la paz se alojaron en mi alma y… ¿por qué no? ¡La esperanza!
Susana Visalli

domingo, 1 de mayo de 2016

Ser madre...


Ser madre es como vivir en un castillo que has construido poco a poco, piedra a piedra con las  que vas tropezando en el camino: el primer resfriado, las fiebres, que no es el biberón por lo que llora, correr a urgencias porque no sabes qué le duele, porque es muy pequeño y no dice, porque sientes el peor de todos los miedos y sin embargo lo abrazas, le sonríes hasta que todo ha pasado, y aprendes… Entonces recoges las piedras y las colocas, como testigos, a continuación de las anteriores y así eriges la muralla, luego la torre, mientras ellos crecen sin que te percates del paso del tiempo, e insistes, en tus pensamientos, en llamarle “mi bebé” mientras los ves pidiendo una cerveza al camarero, te muerdes la lengua para no decirle “no más de dos vasos que no has comido”, y otra voz es quien se lo recuerda. Es entonces cuando te das cuenta de tus mandatos, de que eres una reina, que siempre lo fuiste y que no dejarás de serlo, aún después, cuando tenga que cumplirse la inquebrantable ley de vida.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mis primeras letras...

Imagen de www.vectorizados.com
Os invito, mediante un corto ejercicio, a realizar un viaje al pasado, a esos días en que todos aprendimos a leer:

Lean la siguiente oración:
←↗    ←↘←↘     ←↓     ←↗←↘

¿Comprendieron lo que está escrito?

¿Cómo que no? ¿No podéis leerlo?

Ya, ya, comprendo… vosotros no sabéis leer... Solo veis flechas en diferentes direcciones, algunas se repiten… mmm, pero a ver, esforzaos…  ¿qué dice? Cada flecha representa una letra y a flechas iguales, letras iguales… ¡Pero si os lo puse fácil!

Je, je, bromas aparte, ¿lograron leerlo?

¿Y si os digo que la incomodidad que sentís ahora es lo que probablemente tuvimos cuando nuestros maestros nos iniciaron en el aprendizaje de la lectura?

Ahora imaginaos que abrís un libro y todas sus páginas están llenas de flechas perfectamente dispuestas en unas veinte líneas…

O si necesitáis ir al servicio y en lugar de indicar mediante una imagen de “dama” o “caballero” en cada puerta veis flechas y más flechas…Ambos carteles, sea el de la imagen de un caballero y el que está con flechas, son símbolos, pero para poder leer el segundo tenemos que decodificarlo. ¿Y qué es un símbolo? Según la RAE: es la “representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con esta por una convención socialmente aceptada”.

En otras palabras, nuestros maestros y padres, cuando aprendimos a leer, lo que realmente hicieron fue enseñarnos un código donde, por ejemplo, el sonido “a” se asocia con un símbolo escrito con la forma “a”, y el sonido “e” con el símbolo “e”, y así sucesivamente con todas las demás letras (símbolos) de nuestro abecedario que nos fueron acoplando para formar sílabas y luego palabras y, siempre, siempre, asociadas a nuestra realidad y entorno.  

A estas alturas os preguntaréis a dónde quiero llegar…

Pues, simplemente a recordaros que aprender a leer no es tan fácil como pensamos. Habrá niños que lo lograrán rápido o no tan rápido como desearíamos. Cada uno llevará su ritmo hasta lograr una lectura fluida y, por sobre todo, comprensiva, repito: LECTURA COMPRENSIVA, que es en realidad el objetivo principal. De nada vale poseer una lectura automática sin comprensión ni asimilación de los contenidos.

No comparen los logros entre hermanos ni amigos y compañeros de clases. No permitan las burlas en ningún momento porque nadie nace leyendo, todos tuvimos que aprender.

Y para finalizar, ¿habéis comprendido la oración del ejercicio?


Os facilito uno de los símbolos: ← es una m, las demás son vocales. ¡A decodificar!

jueves, 3 de septiembre de 2015

No llores... que vas al cole

Cuando pensábamos que las vacaciones habían llegado para quedarse… ya comienzan los preparativos para el regreso a clases y, para muchos, será su primer día. Llantos desesperados, narices mocosas, gimoteos y bracitos extendidos, ojitos acuosos, padres que esconden los suyos detrás de gafas oscuras, debatiéndose entre salir corriendo para no verles llorar o abrazarlos y llevárselos de vuelta a casa. ¿Es posible sustituir esas lágrimas con sonrisas?

Sí, es posible. Y os cuento una experiencia personal:

Cuando mi hijo asistió a su primer día de colegio, la que lloró fui yo (a escondidas para que él no me viera) porque, como madre al fin y al cabo, lo iba a tener dos horas fuera de casa y sin mi protección. Recuerdo que fueron las dos horas más largas en mi corta vida de mamá. Intenté cocinar, leer, recoger, pero toda mi atención la dediqué a las manecillas del reloj. Cuando fui a recogerlo al colegio me recibió con un “¿qué haces aquí?”, giró sobre sus pies y se despidió de mí. Miré a la maestra, me sonrió y, a modo de consuelo, me dijo: «a partir de mañana puede asistir en el horario regular. No lloró ni preguntó por su mamá o papá, más bien se dedicó a preguntar a los otros niños el porqué lloraban». En ese momento me sentí aliviada, esa personita de tan solo tres años de edad me estaba demostrando que me había escuchado cuando la conté, días antes, que iba a ir al colegio, un lugar para aprender a hacer y conocer historias interesantes.

¿Qué contar y no contar a nuestros hijos sobre lo que van a vivir en su colegio? Yo me transo por la verdad: dibujarás, colorearás, aprenderás a leer y a escribir, jugarás, harás nuevos amigos, llevarás merienda que podrás compartir, tendrás recreos, tendrás un profesor o profesora que te hablarán de cosas nuevas e importantes para ti, y también tendrás que obedecer como lo haces en casa. Si te portas mal, yo me enteraré. Y si te hicieras pupa, también me enteraré, y si… cualquier cosa que te ocurra, también me enteraré.

¿Qué más hacer en esos días previos? Ir con nuestro hijo a comprar sus útiles escolares, la ropa o uniforme, viandera, mochila… Hacerlos partícipes de esa preparación que se repetirá y compartiremos curso tras curso escolar hasta que ellos lo hagan sin nuestra ayuda.

Puede que nuestro niño suelte alguna lagrimita a pesar de nuestros “previos”, tal vez lo haga al ver que otros lloran o porque extraña “a ratitos” a su mamá y papá, abuela y abuelo, pero de lo que sí estoy segura es que su primer día no será tan espinoso ni se sentirá abandonado.

martes, 23 de junio de 2015

Vacaciones y vacaciones a medias

La algarabía llena los pasillos y aulas de colegios e institutos. A los alumnos y maestros les resulta difícil callar, todos quieren hablar, contar, despedirse. Hoy es el último día de clases de otro curso escolar. Algunos llorarán porque cambiarán de colegio, otros porque culminan un ciclo y otros simplemente porque saben que extrañarán sus amigos de pupitre. Maestros y profesores también extrañarán, sin duda, ese día a día cansón, a veces agotador, pero hoy, muchos de ellos también estarán contentos por los logros y las metas cumplidas, por aquel alumno que apenas sabía leer meses atrás, o por ese niño que no superaba los primeros exámenes del curso.

Y también hoy todos recibirán su boletín de calificaciones, el veredicto final que dictaminará si sus vacaciones serán de verdad vacaciones o vacaciones a medias porque no en todas las materias sacó un suficiente o más. Ese verdugo hecho de papel y letras y números que muchos temen abrir porque saben, intuyen que podrían haber estudiado más.

Sean vacaciones completas o vacaciones a medias, sin duda lo que nos espera es un verano que nos permitirá levantarnos más tarde, disfrutar del sol con los hombros al aire, ir al pueblo, pasear, montar en bicicleta y patear un balón sin el apremio de los deberes escolares.

Me despido, entonces, hasta septiembre, cuando las aulas enmudecidas volverán a llenarse de algarabía, de abrazos y reencuentros.

Pero, antes, deseo deciros que:

Acompañad a vuestros hijos y nietos a las bibliotecas, no os preocupéis si solo desean leer tebeos porque lo importante es que lean. Y si encontráis algún libro que tenga más letras que dibujos y os gustaría que lo leyeran, comiencen a leerlo juntos. De esta manera estaréis sembrando el gusanillo del qué pasará, del cómo acabará la historia.

Dejad que se aburran, no llenéis sus días de vacaciones con múltiples actividades y campamentos. Nuestros hijos también tienen que aprender a gestionar su tiempo libre. Tampoco permitáis que el televisor y los juegos electrónicos se conviertan en las niñeras del verano. Os sugiero llegar a un acuerdo de cuántas horas diarias pueden utilizarlas. Muy poco y “muy mucho” entorpecen por igual.

Y para los que tengan unas vacaciones a medias, a los padres os aconsejo que ayuden a sus hijos a hacer un horario de estudios (preferiblemente ubicarlo en las mañanas porque el ambiente y nosotros estamos más frescos) e igualmente hacer un cronograma con los contenidos de la(s) materia(s) pendiente(s). Si tenéis alguna duda sobre cómo elaborar un horario y/o un cronograma, con gusto os oriento. Estaré de vacaciones, pero leeré mi correo a diario.


Y ahora, sí: ¡Felices vacaciones y… feliz verano!  

miércoles, 6 de mayo de 2015

Vamos a ver la televisión (II)

Un día le pregunté a un amigo y padre de tres niñas (siete, diez y trece años de edad) porqué traía cara de enfadado. Verás, me contestó, es que mis hijas quieren que compre otro televisor y he dicho que no, que de eso nada. La mayor me amenazó con irse a vivir a casa de una amiga, la de diez me dijo que entonces no me hablaría nunca más y, la pequeña le preguntó a la grande si podía irse con ella. Ya me dirás cómo me siento… Y para más inri, cada una quiere uno, o sea, tres televisores. Tres es una exageración, le dije, pero creo que uno no representaría mayor gasto. No es por dinero, me dijo, es que por lo menos una vez al día, aunque sea por media hora estamos juntos, todos, en familia viendo algún programa.


En el post anterior, Vamos a ver la televisión (I), prometí contaros acerca de otros programas que podemos compartir con nuestros hijos. Con la variedad que existe hoy día, resulta fácil encontrarlos. Si descartamos los programas rosa, los de cotilleo, los noticieros (más que nada porque considero que las imágenes no son aptas para niños), los culebrones, las series que presentan homicidios con escenas tan crudas y reales que disgusta incluso a los adultos y, programas disque comedias donde muestran que es de lo más normal tirarle una maceta al vecino…, nos quedan entonces, los deportivos, los de cocina, historia, naturaleza, concursos y algunos más que se me escapan ahora, aparte de las películas.

Pero, ¿me tengo que “calar” programas y series que realmente no me atraen y perderme el siguiente capítulo de mi favorito? No, siempre las podréis ver en horario “cuando los niños duermen”. Además, para asegurarnos de que no se cumpla aquello de que la fruta prohibida es más provocativa, os recomiendo programar en vuestro televisor los canales permitidos y prohibidos. No olvidéis que nuestros hijos están a una tecla de distancia para encender la caja mágica y nosotros, los padres, no somos dioses ni podemos estar en dos lugares a la vez.

Días atrás, estábamos un grupo de adultos y tres niños en la sala de espera de un ambulatorio. Dos de los niños, después del acostumbrado “sí, quiero jugar, pero primero déjame conocerte” acabaron compartiendo colores y folios sobre una silla, mientras que el tercero se dedicó (hasta que me llamaron para entrar a consulta) a apuntar con una pistola de juguete a cada uno de los presentes, una y otra vez, con mirada desafiante. Me fue imposible no asociarlo con las escenas en las que se muestran a francotiradores y serial killers. Y lo que más me impresionó fue que ni la madre ni el padre abrieron la boca, aunque fuera solo para decirle al crío: apuntar es de mala educación.

¿Qué deseo transmitir con esta experiencia? Simplemente que nuestros niños se creen a pies juntillas todo lo que ven en la televisión, lo imitan y que, nosotros, los padres, hemos permitido que nos desvirtúen nuestra realidad y escala de valores, sea en el nombre de la avasallante modernización tecnológica o en el de nuestra comodidad y apoltronamiento.  

miércoles, 22 de abril de 2015

Vamos a ver la televisión (I)


Al igual que ha habido innumerables campañas para fomentar la lectura en niños y jóvenes, me pregunto el porqué no existe la misma cantidad para orientar acerca del uso y disfrute de la programación que transmiten las cadenas de televisión y las de cable.

Desde que tenemos TDT (televisión digital terrestre) contamos con canales dedicados exclusivamente para los más pequeños y nos confiamos…

Nos confiamos y permitimos  que otros determinen y decidan cuáles son los mejores programas infantiles y juveniles. Y nosotros, que confiamos, enchufamos a nuestros niños al televisor… para poder cumplir con todas nuestras obligaciones diarias y necesidades personales.

Tener un hijo es una gran responsabilidad. Al igual que nos preocupamos de que tengan una alimentación balanceada, los vistamos con las mejores prendas (para que luzcan el buen gusto de los padres), tengamos en la sala un televisor que recuerde a la pantalla de un cine, los llenamos de chuches porque se lo han ganado por la simple razón de ser niños y, también, los acostumbramos a que un aprobado en todas las materias equivale a tener el juguete de turno publicitario, el más caro, por supuesto (bajo el pretexto de que no les falte nada e impedir que se sientan menos que los demás), no podemos olvidar que los niños también son una esponja, que todo lo absorben, lo bueno y lo malo.

Por esta razón, os propongo sentaros con ellos y ver juntos sus programas preferidos y preguntaros cuál es el mensaje o aprendizaje que contienen. Cuestionaros si transmiten valores (solidaridad, respeto, amor, amistad, honestidad, generosidad, la paz, responsabilidad, perseverancia, humildad, tolerancia, etc.) si incentivan la creatividad y sobre todo, si los hace pensar e indagar.  Luego, tal vez, deberéis de afrontar lo más difícil: conversar con ellos para llegar a un acuerdo sobre lo que les está permitido o no ver…

 ¡Cómo! ¿Cómo voy a decirle que no podrá ver su programa favorito y que, además, es el que está de moda y el que ven todos sus amigos?

Una de las soluciones puede ser: Está bien, podrás verlo siempre y cuando lo hagamos juntos (y pueda yo, como padre, orientarte). También vale buscar otras actividades que les gusten a nuestros hijos: pintar, dibujar, leer, bailar, cantar, jugar, cualquiera que los aleje de la pantalla, pero estaremos simplemente desplazando su interés por unos meses, y si tenemos suerte, unos años. La caja mágica siempre estará allí, a la vista y a la distancia de una tecla, esperando ser encendida.

Orientar, hablar con nuestros niños nos permite comunicar nuestra aprobación o desacuerdo sin caer en las prohibiciones que solo conducen a disgutos y discusiones inútiles.

Cuando mi hijo aún era un crío no mayor de siete años estaba de moda Shi-chan. Recuerdo que regresó del colegio diciéndome que a las cinco lo pasaban en la cadena tal. Le propuse que lo viéramos juntos y aceptó. Durante veinte minutos tuve que morderme la lengua varias veces para no soltar lo que me cruzaba por la cabeza, pero de cuando en vez, yo lanzaba observaciones al aire: Uy, ¿y eso por qué? Entonces ¿qué quiere? Se va a meter en problemas…  Al finalizar la emisión él me preguntó que qué me había parecido y yo le contesté con un ¿Y a ti? Él opinó que no era de risa, y yo, que no me había gustado y que tampoco me parecía gracioso ver lo irrespetuoso que era el niño Shin-chan.

Ese fue el debut y despedida para Shi-chan en la pantalla de nuestro televisor. Por supuesto que hubo de su parte otro intento, entonces le propuse ir a la biblioteca y sacar en préstamo un tebeo.

Considero importante destacar que sentarse a ver la televisión debería de ser un entretenimiento puntual para compartir en familia, y al igual que nosotros, padres, acompañemos a los hijos durante alguno de sus programas favoritos, también podríamos ver juntos otros programas no catalogados como infantil ni juvenil. ¿Cuáles? Ya os contaré en el siguiente post. 


El control parental se ejerce, no se “programa”. 
  

jueves, 26 de marzo de 2015

¡A barrer!... En las escuelas


No, no mal interpreten ni lean lo que no es. No hablo de barrer las escuelas, nada de eso. Me refiero a barrer EN las escuelas.

Además de una pizarra, cartelera, mesas, pupitres, estanterías, libros, sillas y una papelera, cada salón de clases debiera de tener un cepillo o escoba y un recogedor de basura, ¿para qué? Para enseñar que mantener limpio el lugar donde trabajamos forma parte de la rutina, que es una actividad que requiere poco esfuerzo y tiempo, que cualquiera de nosotros es capaz de realizarlo y, lo más importante: no es un oficio denigrante ni exclusivo de las mujeres.

Sé de colegios que piden a los alumnos, una vez finalizada la jornada, colocar su silla sobre la mesa para colaborar con la persona encargada de la limpieza. ¡Muy bien! Pero no es suficiente.

¿Qué es lo que ven día a día nuestros hijos? En casa: mamá, papá y los abuelos barren y friegan los suelos. En la calle, el barrendero limpia las aceras. En el colegio solo observan que los suelos están limpios… si es que se dan cuenta. En otras palabras, otros siempre son los que se encargan de limpiar y asear.

Muchas veces decimos a nuestros niños “No, deja que lo hago yo” porque hemos asumido que es nuestra función o simplemente porque deseamos que quede bien a la primera. Este “deja que lo hago yo” se convertirá más adelante en un “no sé cómo hacerlo”, “para que quede mal mejor lo haces tú” en la boca de nuestros hijos y se hacen los locos cuando solicitas que al menos recojan su habitación. Y entonces, nosotros nos quejaremos con un “tú nunca ayudas”, “te crees que soy tu servicio” mientras nos miran con cara libre de culpa y responsabilidad.

Tampoco nos refugiemos y permitamos que se refugien en la tonta frase: si no tiro el papel o la colilla al suelo estoy dejando sin trabajo al barrendero o a cualquier otro personal de limpieza. Son excusas acomodaticias, nada más.

Si desde pequeños los acostumbramos a limpiar en casa, colegio; si nosotros, los padres, aceptamos que nuestros hijos barran y recojan diariamente sus salones de clases y, si los maestros los refuerzan haciéndolo diariamente, entonces los niños de hoy gozarán de una futura y mejor convivencia en familia y en la familia que construirán.

A todos nos gusta llegar a una casa ordenada o entrar a un lugar público donde no te atreves a tirar un papel en el suelo porque no hay ninguno en él o caminar por las aceras libres de colillas y cacas de perros.Aprender a ser una persona que sabe convivir y apreciar el esfuerzo ajeno se forja desde temprana edad y todos los días. Un poquito hoy, otro mañana y más de lo mismo pasado mañana, sea con la limpieza como con las matemáticas. 

lunes, 5 de enero de 2015

¿Una mentira para regalar en estas fiestas?

Siempre he creído que la Navidad es mágica, desde pequeña nunca faltaron invitados en la mesa el veinticinco de diciembre ni el primero de enero, ni tampoco las comidas y tartas especiales, aquellas que solo se cocinaban para las fiestas y una vez al año, no más. Siempre hubo un plato de última hora en la mesa para el amigo que por alguna razón lo iba a pasar en solitario o, pagar de más por una exquisitez —un Panettone Motta o un Turrón La Bruja— y si no había con qué, nunca nos faltó una tontería envuelta en papel de regalo debajo del arbolito, aunque fuera una barrita de chocolate.


Sí, la navidad es mágica, no importa si es el Niño Jesús, San Nicolás o los Reyes Magos, o si la festejas decorando un arbolito, armando un gran pesebre o llenar toda la casa con botas y gorros rojos y blancos, angelitos, lazos y coronas. Tradiciones que, sinceramente, yo temía no ser capaz de transmitir a mi hijo en estos tiempos a pesar de las nuevas tecnologías, los  corre-corre que nos imponen las rutinas y el bombardeo comercial de los compre-compre.

A mi hijo, de pequeño, le mentimos descaradamente: le dijimos que un hombre gordo y simpático, con barba blanca y vestido de rojo, repartía regalos a todos los niños en Nochebuena. Por supuesto que preguntó cómo lo lograba en una sola noche y, además, sin confundirse qué llevar a quién con tantas cartas que recibía. Hasta tuvo la suerte de contar con un tío que se disfrazó y le entregó un regalo, justo el que mi hijo había pedido en su carta y que días atrás había colocado en el arbolito y “que un duende recogió cuando dormía”. Imposible describir su emoción al ver a San Nicolás en el salón de la casa de los nonnos

Pocos años después, nuestro hijo nos sorprendió: nos dijo que deseaba ser uno de los Reyes Magos y entregar el regalo a su pequeña prima. Y así lo hizo. Realmente no sé quién de todos lo disfrutó más, pero la carita de ilusión de mi sobrina es inolvidable.

Para continuar con la tradición, la mañana de esta última Navidad nos levantamos antes que nuestro hijo para colocar los regalos debajo del arbolito. Nuestra sorpresa fue grande cuando vimos un par que no habíamos comprado ni envueltos, y en la mesa del comedor había restos de galletas en un plato y un vaso con trazas de haber contenido leche. Nuevamente, él hizo que brillara la magia en nuestro hogar: esperó a que nosotros estuviéramos dormidos y actuó…

Días atrás le pregunté cómo se había sentido cuando supo que San Nicolás son los padres, tíos y abuelos y si por caso recordaba cómo se enteró. No recuerda ni lo uno ni lo otro. Yo tampoco conservo en mi memoria el cómo y cuándo. Solo sé que en Navidad la niña que vive en mí lo celebra y agradece la ilusión, el regalo más grande que recibí de mis padres para Navidad.

Sí, la Navidad es mágica y ahora estoy convencida de que lo hemos hecho bien, de que estas fechas son especiales, donde dar hace más ilusión que recibir, y ahora, más que nunca, deseo llegar a ver la magia que mi hijo regalará a nuestros nietos.

martes, 14 de octubre de 2014

De tareas y deberes...

No importa la edad que tengan nuestros hijos, ellos traerán tareas para realizarlas en casa. Sí, ya sé que es un incordio, sobre todo cuando aún son pequeñines y el sol de la tarde nos invita a disfrutar del parque.

Detengámonos un momento y pongamos negro sobre blanco un tema que muchos de nosotros obviamos. Me refiero a una de las muchas metas que tiene la educación, sea fuera como dentro de instituciones educativas: Instaurar el uso adecuado de herramientas para el logro de objetivos. A lo largo de los años y en la medida que van creciendo nuestros hijos,  aprenderán desde la importancia del aseo hasta escribir una monografía, calcular lo que tardará en caer un balón desde la azotea de un edificio, saber qué ocurrirá si se mezcla un hidróxido con un ácido y cuáles son las consecuencias si la alimentación no se rige por una dieta balanceada.

¿Y son éstas las herramientas? Pues... no. Estos son contenidos, información organizada que se imparten paulatinamente según la edad de nuestros hijos. Las herramientas, en cambio, son simples y son las que empleamos durante toda la vida: cumplir rutinas y horarios, aprender a establecer prioridades, organización del área de trabajo, escuchar, hablar, responder, leer, escribir, comentar, calcular, razonar, investigar, cuestionar, pensar… Herramientas que ayudarán a obtener desde un aprobado hasta la máxima puntuación sin que sean un sacrificio para ambos, padres e hijos. ¿Y os parece poco? ¿Y os parece poco que todos los días nos despertamos, marcamos tarjeta y traigamos a casa cada fin de mes el dinero para mantener a nuestras familias? Un trabajo remunerado, sea en propio como por cuenta ajena, implica el cumplimiento de una serie de normas para obtener una retribución monetaria, es decir, un uso adecuado de las herramientas que hemos aprendido a manejar.

Las tareas asignadas diariamente en el colegio para hacer en casa y que al principio de la escolarización no son muchas, pero a medida que nuestros hijos avanzan de curso, aumentan (resignémonos…) y pueden resultar pesadas, un fastidio y acaban en la mayoría de los casos en discusiones infértiles, boletines con varios suspensos y a tomar la decisión anticipada de no continuar estudiando una vez obtenido el certificado de Educación Secundaria Obligatoria.

Hablemos con nuestros hijos y pactemos normas en base a prioridades. En tiempos de cole lo más importante es cumplir con las tareas, trabajos y estudiar, sin que esto deje de lado sus responsabilidades familiares.

Ayúdenlos a organizar el tiempo y acuerden horarios en una proporción de tres cuartos para los estudios y deberes (tanto los del colegio y los de casa), y un cuarto para jugar (por ejemplo, tres horas/una hora de lunes a viernes).

Revisar los deberes diarios asignados, preguntarles los temas del día son una sana costumbre que, además de saber si han cumplido o no, son quince a treinta minutos adicionales para compartir con nuestros hijos (el equivalente al descanso en un partido de fútbol y la prórroga en caso de empate, respectivamente).


Os invito a borrar la línea divisoria entre el colegio y la casa, a hacer un paréntesis en el día a día y ayudarles a utilizar las herramientas que asegurarán el logro de sus metas personales.

martes, 30 de septiembre de 2014

Ya lo sé…

—Recoge tu habitación.
—Ya voy, mamá.
—Ya voy ¿cuándo?
—¡Ay, mamá, dame cinco segundos! —dice sin despegar la vista del video juego.
Cinco minutos después, cuando la mamá sale del baño:
—¿Y todavía no has recogido?
—¡Ya va!
—¿Y no tienes nada que estudiar para mañana?
—¡Pero mamá!
—Además, merendaste y dejaste fuera del frigorífico el bote de la leche…
—Ya lo sé…
—Con lo que cuesta la vida hoy día…
—Ya lo sé.
—Sí, ya lo sé, ya lo sé, ya lo sé y ¡no sabes nada! —remata la madre desesperada.

Muchos años atrás escuché a un reconocido cómico venezolano, Claudio Nazoa,  decir que con gusto congelaría a sus hijos adolescentes hasta los veinte y cinco años. En aquel entonces me reí con ganas y hoy le doy la razón.

La adolescencia es una etapa que se sufre, se padece y no tiene tratamiento preventivo ni cursos aleccionadores. No hay pautas sino hormonas que reaccionan. Hoy me gusta, mañana no. Ahora soy mujer, pero no tires mis muñecas. Pero si apenas son las doce de la noche… ¿Cuidar de mi hermanita? Jooo… ¿Sacar al perro? Jooo… ¿Recoger la mesa? Jooo…

Cualquier situación les incomoda, les fastidia, les da repelús, y a nosotros también: nos incomoda pedirles que hagan algo porque a priori ya sabemos lo que nos van a contestar, pero nuestro repelús es otro: el preguntarnos una y otra vez qué será de nuestros hijos el día de mañana.

Sentimos que nuestra paciencia se agota y que ellos se aprovechan de eso. Si los dejas hacer, ellos estarán contentos y uno, a la espera de que un destello cerebral les diga: mira, no he recogido la habitación; fíjate que la semana que viene comienzan los exámenes; ayudo a mamá con los platos…

Pues… los invito a sentarse en un cojín bien mullido mientras decidan esperar ese destello celestial. ¡Y cuidado…! De llegar a ocurrir, prepárense padres… porque de seguro, detrás hay una fiesta, una salida, una petición, cualquier cosa que saben que no será fácil de obtener.

Y mientras tanto, ánimo, que la adolescencia no dura toda la vida (al menos eso me dicen, je, je). Si, ya sé que conversar con ellos no es tarea fácil, nuestros intereses divergen en direcciones opuestas, y si no lo creen, recuerden cómo fuimos a su edad: nuestros padres decían que el rock era música de tontos y Los Rolling Stone, unos melenudos que berreaban. No os digo, por ejemplo, que ahora salgáis corriendo a haceros un tatuaje o poner un piercing, no (a menos que haya sido uno de vuestros sueños no resueltos y/o os haga ilusión) pero sí procuren tener una conversación sobre los pro y los contra, sin prohibir, sin ser tajantes ni impositivos (¿recuerdan la vez que nos fuimos a un sitio habiendo dicho que íbamos a otro?).


Por más que sintamos que tenemos la batalla perdida, que nuestros hijos ya no son los querubines que nos conquistaron con sus miradas y ocurrencias, que ahora tienen espinillas y granos, ideas propias y descabelladas, y que sus respuestas son monosilábicas, no olvidemos nunca que somos el pedacito de tierra firme que volverán a pisar cuando sientan que nos necesitan, que a fin de cuentas somos padres que, al igual que ellos, aprendemos haciendo camino.  

jueves, 18 de septiembre de 2014

El agobio de la queja

Yo no recuerdo a mi padre quejándose de tener que trabajar, a mi madre tampoco. Sin embargo, hoy día todos nos quejamos, desde adultos hasta niños. Conjugamos el verbo “quejar” como si alguien nos hubiera prometido un premio. Yo me quejo, tú te quejas, él se queja, ella se queja, nosotros nos quejamos, vosotros os quejáis, ellos se quejan. Acabamos el día agobiados con tantas quejas oídas.

Por supuesto que, el que no lo hacía, acabará quejándose, simplemente por imitación o por no ser menos que el otro (yo no puedo tener menos problemas que tú, ¡yo tengo más!)

Y cuidado: si no te quejas te ven como un bicho raro. No importa de qué va la queja, ¡hasta vale quejarse del tiempo! Que si hace calor, que si hace frío, que si mucho viento, que si demasiado sol.

¿Quejicas o inconformistas?  Inconformistas, contestaremos al unísono. Los seres humanos siempre queremos más y por eso hemos llegado a dónde llegamos... Si, hemos llegado a un punto tal que hasta nuestros hijos se quejan de que tienen que estudiar. Si escuchan a sus padres quejarse de tener que trabajar, los niños no van a ser de menos. 

martes, 2 de septiembre de 2014

Niñeras electrónicas

Habrá de los que lloran y también los que se alegran. Año nuevo, curso nuevo, con las mismas promesas del pasado:

Cumpliré con las tareas todos los días, repasaré los contenidos dados y leeré los temas de mañana, haré todos y cada uno de los esquemas, bla, bla, bla… Uf, ya me cansé… ¿cuándo es el próximo festivo? A ver, a ver, ¡jolines, hasta dentro de un mes, nada de nada! ¿quién habrá sido el desgraciado que inventó la escuela? Seguro que no tenía otra cosa más interesante que hacer ni tampoco amigos. Ya no podré ver la tele ni jugar con la Nintendo ni la PSP ni con… me falta uno… ¡ah, el móvil! Ya los veo venir:
Primero los deberes y luego el resto
Si no apruebas este examen, ya sabes lo que te espera
Mejor ocúpate de traer un buen boletín, si no, olvídate de la PSP, el móvil y la Nintendo 
¿Entonces, pregunto yo, para qué me los regalaron? No se imaginan lo que uno sufre… ¿Qué van a saber mamá y papá si cuando eran niños solo tenían la TV? ¡Y una sola!”

Las niñeras electrónicas no son la mejor opción. Ellas no organizan ni aconsejan. Si bien es cierto que mejoran determinadas habilidades (coordinación visomotora, agilidad mental, concentración) no dejan huellas en las actitudes, no educan.

Y la próxima vez que estemos pensando en qué regalar a nuestros hijos, sopesen si de verdad están obsequiando algo para su disfrute o un látigo-castigo.

sábado, 9 de agosto de 2014

Platón 2.0

¿Se imaginan qué haría Platón frente a una computadora? ¿Y cómo se sentiría cuando le dijeran que sus escritos navegan por el hiperespacio y que sería leído por millones? ¿Que las letras no son solo para un selecto grupo de aprendices que desean convertirse en ilustrados? Caray, ¡qué haría Platón!

Imagino a los escribanos sin oficio, mentón sobre ambas manos mirando al maestro cuyo rostro es iluminado por la pantalla, fascinado, tecleando los diálogos socráticos. Y también imagino a Aristóteles en su casa, frente a otro ordenador, intercambiando cartas con su maestro, a varios centenares de kilómetros.

Las bibliotecas, que en aquel entonces eran privadas, abrirían sus puertas sin chistar. Los copistas, predecesores de las editoriales, ofrecerían las copias al mismo precio que un kilo de pan (todos tenemos que comer ¿o no?) Y mientras, Platón, un día descubriría que su primer libro, producto de años de estudios, cualquiera lo puede leer sin pagar un duro. ¿Cómo se sentiría?

Lástima que, por más que yo invoque a su espíritu, Platón no me lo va a decir…
Pero imagino que se sentiría muy contento al saber que sus mensajes llegan a cualquiera que desea leerlos. ¿Y no es éste el objetivo de la escritura, el de transmitir y compartir? La escritura vive de los comentarios, de los lectores, de las aventuras y desventuras de los personajes, de la ficción y de los contenidos que nuestro cerebro humano exige, pide, ruega. 

martes, 10 de junio de 2014

Sé que pido mucho...



Si bien es cierto que el sistema educativo dista mucho de lo que fue en 1830 y que tampoco el hijo de Lincoln asistía a una escuela hispano hablante, es impactante descubrir en esta carta lo poco que hemos cambiado.
Comparto la imagen de un recorte de prensa que a su vez compartió una querida amiga en una de las redes sociales: 


Sé que pido mucho, pero vean lo que pueden hacer, queridos profesores...   


martes, 29 de abril de 2014

Finlandia ¿un modelo educativo a imitar?

Ya habrá quien diga Finlandia es Finlandia y nosotros somos nosotros. Es cierto, pero la educación es la base para el futuro de cualquier nación que busque superar el nivel de vida de sus ciudadanos y, después de haber leído la semana pasada un artículo de prensa acerca del modelo educativo  finlandés, comparto con vosotros mis pensamientos.

Dicho modelo se sostiene respetando una educación biopsicosocial de los personajes principales: alumnos y padres, impartida por maestros y sustentada por el gobierno.

El simple hecho de que los niños comiencen una educación formal a los siete años dice mucho, porque se supone que a esa edad se ha alcanzado el nivel de maduración que permite emplear las destrezas necesarias para aprender a leer, escribir y calcular. Además, en los primeros cursos no regresan a casa con muchas tareas que cumplir porque se sabe que el tiempo para jugar es igual de importante que el de estudiar. Y otro asunto que destacar: fundamentan el proceso educativo en la curiosidad y experimentación, dos cualidades naturales de la infancia.

Por su parte, el gobierno se hace cargo de todos los gastos inherentes a dicha educación: matrícula, textos, materiales y transporte. Incluso cuentan con un servicio de guardería gratuito para los fines de socialización de los infantes. Otro punto clave, la familia, a quien se le considera corresponsable de la educación de sus hijos, es decir, interactúan activamente en lugar de delegar cómodamente la formación de sus hijos en los colegios. Y las bibliotecas… ¡Las bibliotecas están abiertas también en los fines de semana!, por tanto, padres que trabajan pueden (y lo hacen) utilizar sus servicios en familia, recalcando que el ejemplo empieza por casa.

Y ahora lo más importante: los maestros. Sí, lo son tanto como los médicos, la diferencia radica en que los maestros son la medicina preventiva del futuro de la sociedad. Copio textual del artículo de prensa de ABC que adjunto: “Para ser maestro se necesita una calificación de más de un 9 sobre 10 en sus promedios de bachillerato y de reválida y se requiere además una gran dosis de sensibilidad social (se valora su participación en actividades sociales, voluntariado...). Cada universidad escoge después a sus aspirantes a profesores…” Sobran mis palabras…

Ser maestro de primaria es un tema muy delicado para los finlandeses porque saben que a esas edades las mentes de los niños son como una esponja que por igual pueden absorber lo positivo como lo negativo, y de esto dependerán los logros en las siguientes etapas educativas.

Recuerdo que cuando estudié la carrera se decía que maestro no podía ser cualquiera que hubiera estudiado magisterio, que se necesitaba algo más: dedicación y amor hacia los niños y comprensión para con los padres, tener paciencia (mucha) porque no todos aprenden al mismo ritmo, y por sobre todo amar lo que se hace día tras día, dentro y fuera de la escuela.

Para Finlandia, un sistema parlamentarista, los colegios son realmente el segundo hogar de los  hijos de su nación, y les permite crecer libres de doctrinas que favorezcan el pensamiento unilateral.

¿Un modelo a imitar? Apartando los resultados de PISA (porque no es el objetivo del presente escrito) considero que sí debiera de ser imitado. Como madre, imagino a mi hijo menos agobiado por aprobar un examen y con más tiempo para investigar libremente los temas de su interés, los que realmente lo llevarán a la mejor profesión que existe sobre esta tierra, la de estudiar y después trabajar en aquello que le guste, que le apasione.

Nota: Enlace al artículo que menciono: 


miércoles, 23 de abril de 2014

Un plan de vuelo infinito

El primer libro, debidamente forrado, que llevó mi nombre en la portada escrito a mano por mi madre en una etiqueta, comenzaba así:

a e i o u

En la siguiente página:  

m
ma me mi mo mu
mi me mu ma mo

Y en la otra, debajo de una ilustración de una mujer abrazando un niño:

mi mamá me ama
amo a mi mamá
mi mamá me mima

Fue mi primer libro, repito, el que llevó mi nombre, mío, solo mío. El primero de todos, el que mi maestra utilizó para enseñarme a leer.

Desde entonces, pude comenzar a descifrar lo que tanto gustaba a mi padre, leer la prensa, y copiar a mi madre sentada en un sofá sosteniendo un libro con sus manos. Me divertí con las historietas ilustradas del momento, Súperman, Batman, Archie, Susy… Los cuentos clásicos, Blancanieves y los siete enanos, La bella durmiente, Pinocho, Los tres cerditos, Caperucita roja, Platero y yo…

Cuando la adolescencia iba abriendo paso, dejando atrás mi niñez, entonces leí a Los siete secretos, muchos casos de Agata Christie, ¡hasta Corín Tellado!, poesía, José Ángel Bueza, Aquiles Nazoa, Pablo Neruda.

Y luego vinieron todos los demás, Anna Karenina, La guerra y la paz, La peste, los relatos de Edgar Allan Poe, Rómulo Gallegos, Gabo, Isabel Allende y tantos, tantos otros.

Libros, libros, libros…

¿Un vicio? ¿Una costumbre? ¿Un “llena” el tiempo libre?

Solo sé que desde pequeña necesito una lámpara sobre mi mesa de noche para disfrutar con los libros. Un viaje que comenzó con las cinco vocales y aterricé centenares de veces cuando llegaba al final de cada uno de ellos. Y aún me faltan tantos, muchísimos por leer. Un plan de vuelo infinito.


Para mí, el Día del libro son todos los días…

miércoles, 9 de abril de 2014

El futuro del pasado ya está aquí

Es sorprendente ver la cantidad de personas que hoy día se les ve leyendo en un ereader, una Tablet o incluso, en sus móviles. Esos pequeños monstruos electrónicos que ocupan tan poco espacio y contienen tantas… No, tantas no. ¡Muchas funciones! Desde cámara, álbum de imágenes, juegos, calculadores, buscadores en internet, correo electrónico, diccionarios, libros digitales (ebooks), procesadores de palabras, en fin, para no marearles: una computadora de mesa que puede caber en un bolsillo.

Sí, ciencia ficción de ¿cuántos años atrás? Tal vez cuarenta para no exagerar. Yo lo vi en Star Trek: sacaban un artilugio no más grande que la palma de la mano y se comunicaban con eso  a miles de kilómetros, y yo, miraba mi aparato de teléfono, era negro y con disco… Y en el mismo episodio consultaban datos en otro artefacto, del tamaño de un libro… ¡Genial! Pensé entonces.

Cierto, eso lo pensé entonces sin imaginar que amanecería en el siglo XI con algo similar en venta en cualquier tienda de productos electrónicos: Las tablets. Hasta hace pocos años las ofrecían con precios inaccesibles, pero ahora… hasta nosotros tenemos uno en casa. Conozco niños no mayores de diez años que lo han pedido para las Navidades y hoy juegan en una.

La Tablet, una magnífica tecnología que no llega a pesar más de 500 gr. Medio kilo que podría contener TODOS los libros de secundaria y bachillerato, además de una enciclopedia y dos diccionarios. Y todavía sobraría espacio para almacenar muchos más documentos.
Pero permítanme, antes de seguir adelante, aclarar una cosa: No soy vendedora ni fabricante de tablets ni móviles. Soy una simple usuaria más.

Retomando la línea, compartía con vosotros que una Tablet no pesa más de medio kilo. ¿Se imaginan a nuestros hijos con cuatro kilos y medio menos de peso en sus mochilas? Sólo cuadernos o carpetas con folios, un estuche y la Tablet. Aaah… hasta a mí me duele menos los hombros. Por supuesto, habría que agregar un o unos cuadernillos para las materias que requieren desarrollos prácticos en papel.

¿Difícil de llevar a cabo? No lo creo. Las editoriales ya trabajan los textos escolares con impresión digitalizada, por tanto, podrían ofrecerse a muy bajo precio (ya que no hay gastos de papel y tinta, encuadernación y distribución) y simplemente se descargarían los pdf o similar desde Internet (previo pago, desde casa o en librerías).

¿Y cuánto me cuesta una Tablet? Pues… sorpresa, sorpresa: una sencilla con suficiente capacidad de almacenamiento y funciones básicas, hoy día, no supera los cien euros. Mucho menos que una computadora de mesa o un portátil…

Me suena tan simple… que asusta. ¿Por dónde saltará la liebre? Espero que las editoriales no salgan con que los libros continuarían siendo igual de costosos o que los fabricantes de las nuevas tecnologías se enfrasquen en que su modelo es el mejor, o que los padres deseen ostentar por la mejor del mercado… Lo que sí espero que ocurra es que no quede relegado el objetivo principal: Una educación más actual que brinde verdaderas bases para el mañana.

Por mi parte solo sé que, en mi casa al menos, las baldas de mi biblioteca y el e-reader tendrían nuevos libros de lectura, todos aquellos que he tenido que dejar de comprar para adquirir los de textos escolares, porque anotar, subrayar es parte esencial del aprendizaje ¡y en una Tablet también se puede hacer! 

lunes, 24 de marzo de 2014

Cuando el futuro los alcance

Los fisioterapeutas tienen el futuro laboral asegurado, al igual que traumatólogos y especialistas afines. Sin duda, sus consultas triplicarán las actuales. ¿Por qué? Por una sencilla razón: el peso de las mochilas que niños y jóvenes de secundaria deben acarrear, cual burros de carga, en sus espaldas. Corrijo: en sus hombros. Una mochila puede llegar a pesar unos diez kilos entre libros de textos, carpetas y cuadernos. Para que se den una idea, un pack de seis litros de leche pesa seis kilos aproximadamente.

Muy posiblemente hayamos escuchado a nuestros hijos quejándose de un dolor de espalda o del hombro, incluso de brazos y manos. Y los hay quienes presentan dolores en el cuello y cabeza. No le damos importancia. Culpamos al crecimiento y le damos un ibuprofeno. A fin de cuentas, pensamos, son jóvenes y pueden con eso y más. Pero no todos son iguales, los hay resistentes, musculosos como también delgaduchos y pocos deportivos.

Fuente: La Casa Infantil.com
Os invito a un sencillo cálculo, en este caso basado en la mochila de un alumno de secundaria: La mayoría de los planteles educativos tienen un horario que contemplan seis horas diarias de clases, con seis materias por día (45 minutos cada una aproximadamente). Cada profesor exige la presencia de su libro de texto. Cada libro pesa un promedio de 850 gr. Multiplicamos y voilá: 5 kilos (redondeando) de contenidos que se pasean a diario pero que no toda será impartida ese día. Añadimos los cuadernos (mejor son los de tapa dura por razones obvias) de 620 gr. cada uno para un total de 3 kilos y setecientos gr. Sumando libros y cuadernos nada más, nuestros hijos cargan un promedio de nueve kilos a diario a sus espaldas.

Me dirán que hay editoriales que han dividido en trimestres los contenidos. Bien, solo algunas lo han hecho, por tanto… Seguimos con el problema.

A muchos jóvenes se les ve cargando la mochila apoyada en un solo hombro, otros, en cambio, sujetando las tiras por delante tal vez en un amago de aligerar el peso. También los he visto caminar encorvados mirando al suelo.

¿Y saben lo que es más triste de todo esto? Que los libros al final de cada trimestre acaban impolutos. ¿Qué no me creéis? Pues… mis ojos son testigos. He ayudado a jóvenes de secundaria cuyos libros están como nuevos en cualquier período del curso. Hoy día, podría justificar su pulcritud gracias a la nueva modalidad que ofrecen las entidades gubernamentales junto con las ayudas para la adquisición de textos escolares: la donación de libros de textos. La condición que deben de cumplir, entre otras, es que no contengan anotaciones escritas a mano ni estar subrayados.  ¡Vaya! Si años atrás los estudiantes no utilizaban el resaltador por pereza, hoy día tienen la excusa perfecta en sus manos. Pero esto lo conversaremos en otra ocasión.

Yo solo sé que cada comienzo de año escolar, miles y miles de padres desembolsan un promedio de 400 euros por cada hijo en solo libros de textos…


Y os dejo hasta aquí, no quiero aburriros… En la próxima, más.