Mucho se comenta acerca del modelo educativo de Finlandia y
sus magníficos resultados, pero… hablemos claro: no somos Finlandia.
Vivimos en una sociedad en la que la crítica precede a la
autocrítica; donde la libertad de expresión significa tener derecho a decir o
escribir cualquier barbaridad con tal de llamar la atención; donde se toma por
bobo todo aquél que se disculpe, utilice el por favor y da las gracias; una
sociedad donde prevalece aquello de que una mentira dicha cien veces se
convierte en verdad; donde la calidad –en cualquier ámbito- es un signo de
exclusividad cuando más bien debiera ser la batuta que dirige el crecimiento
personal, social y económico; donde la colaboración y la solidaridad con todos
aquellos que saludas a diario y que conoces queda relegada a un segundo plano porque ya
cumpliste con tu ración de apoyo a cualquier ONG. Una sociedad donde todos somos
leguleyos y si, de paso, nos ganamos unos eurines de más nos ofendemos si
Hacienda lo descubre, y sin embargo somos los primeros que hacemos un follón
porque un maestro suspendió a nuestro hijo.
No somos Finlandia. Para darnos cuenta basta con entrar en
una cafetería y mirar el suelo. Años atrás, sorprendida, pregunté a un amigo el
porqué tiraban al suelo las servilletas, palillos y colillas:
—Es que va con el
café —me contestó.
—No entiendo —le dije.
—El precio del café incluye el servicio de limpieza.
—¿Y tú apagas las colillas en el suelo de tu casa?
—Nooo, en mi casa, no.
Mientras no comprendamos que nuestra casa no termina al
cerrar la puerta y que nuestro hogar se prolonga hasta las fronteras del país
en el que vivimos, hasta que no seamos verdaderamente solidarios cara a cara
con nuestros vecinos y amigos, mientras pensemos que por el hecho de pagar
impuestos nos creamos dueños y señores de un país... los maestros y profesores
tendremos menos cabida en esta sociedad desvirtuada.
Sin embargo, y porque la esperanza es lo último que se
pierde, me alegró el saber que hay una propuesta en firme para mejorar
notablemente nuestro sistema educativo: el LIBRO BLANCO DEL DOCENTE.
No os voy
a repetir lo que dice el artículo, pero os adelanto que pronto nos inundarán
los aullidos y las pancartas de protesta de los docentes “acomodados y
afincados” en su cargo, justo aquellos que no practican la autocrítica y han
olvidado que el futuro de cualquier nación tiene sus cimientos en la educación.
Buscar y promover la excelencia no es una acción elitesca porque el verdadero
educador no imparte sino que comparte conocimientos y experiencias.
Llevará su tiempo implementar la propuesta del Libro Blanco del Docente, es cierto, pero es muy posible, en un futuro, que disfrutemos de un café “sin
el servicio de limpieza incluido” y sin colillas y sin…
Imagen de la web de José Antonio Marina
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